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Ansiedad y calma 06 Mar 2025 Laia Martí

Ansiedad: lo que tu cuerpo intenta decirte

Ansiedad: lo que tu cuerpo intenta decirte

¿Te ha pasado alguna vez? Estás en el sofá, en apariencia tranquila, y de repente notas un nudo en el pecho. Los hombros subidos sin que te hayas dado cuenta. La mandíbula apretada. Una sensación de alerta, como si algo fuera a pasar, aunque miras alrededor y no pasa nada.

Y encima te enfadas contigo. «¿Por qué estoy así, si no tengo motivos?»

Quiero decirte algo antes de seguir: no eres débil. No estás exagerando. Y no es que te falte fuerza de voluntad. Lo que sientes tiene sentido, aunque ahora mismo no lo entiendas.

Cómo se expresa la ansiedad en el cuerpo

Solemos pensar que la ansiedad está en la cabeza. Pero muchas veces, antes de que la mente le ponga palabras, el cuerpo ya lleva tiempo hablando. Cada persona la siente a su manera, aunque hay señales que se repiten:

  • Un nudo o una presión en el pecho o en la garganta.
  • Tensión en los hombros, el cuello o la mandíbula, sobre todo al final del día.
  • Una sensación de alerta constante, como si no pudieras bajar la guardia.
  • Irritabilidad: saltas por cosas pequeñas y después te sientes culpable.
  • Te cuesta dormir o te despiertas ya cansada.
  • Molestias en el estómago, respiración corta, manos inquietas.

Si te reconoces en varias, no estás sola. Es más común de lo que parece: por fuera todo funciona; por dentro, el cuerpo no descansa nunca.

¿Por qué el cuerpo reacciona así?

Te lo explico de forma sencilla. Tu cuerpo tiene un sistema de alerta que se activa cuando percibe una amenaza. Es una respuesta natural y muy antigua: tensa los músculos, acelera el corazón, afina la atención. Está pensada para durar poco. Aparece el peligro, respondes, y el cuerpo vuelve a la calma.

El problema aparece cuando la alerta no se apaga. Cuando llevas meses, o años, sosteniendo más de lo que puedes: responsabilidades, preocupaciones, personas que dependen de ti, conversaciones que evitas, decisiones que aplazas. Ninguna de esas cosas es un peligro real delante de ti. Pero, sumadas y sin descanso, tu cuerpo las vive como si lo fueran.

No es un fallo tuyo

El cuerpo no se equivoca al avisarte. Hace lo que sabe hacer: protegerte. Lo que ocurre es que lleva demasiado tiempo en guardia y ya no distingue cuándo puede relajarse. Por eso la ansiedad aparece «sin motivo»: el motivo no es lo que está pasando ahora, sino todo lo que llevas acumulado.

Te lo digo también desde mi propia experiencia. Hubo un tiempo en que la ansiedad, la angustia y la infelicidad crecían cada día más en mí sin entender el porqué ni saber cómo remediarlo. Por eso, cuando te digo que no eres débil, lo digo de verdad.

A veces la ansiedad no llega para hacerte daño. Llega para decirte que llevas demasiado tiempo sosteniendo más de lo que puedes.

Leerla como un mensaje, no como una enemiga

Aquí está, para mí, el cambio más importante. Mientras vives la ansiedad como una enemiga, todo se convierte en lucha: intentas que desaparezca, te tensas más, te juzgas por sentirla. Y la lucha, curiosamente, alimenta la alerta.

Cuando empiezas a leerla como un mensaje, la pregunta cambia. Ya no es «¿cómo me quito esto?», sino «¿qué me está intentando decir?». Quizá que necesitas descansar. Quizá que hay un límite que no estás poniendo. Quizá que llevas tiempo dejándote para el final.

No es que la ansiedad se vaya al instante por hacerte esa pregunta. Pero la relación contigo misma cambia. Dejas de pelear contra tu cuerpo y empiezas a escucharlo. Y desde ahí es mucho más fácil descubrir qué necesita.

Qué puedes empezar a hacer hoy

No te voy a dar una lista de diez cosas. Cuando el cuerpo está en alerta, lo que ayuda suele ser pequeño y posible.

  • Escúchate antes de juzgarte. Cuando notes el nudo o la tensión, en lugar de «otra vez, qué pesada», prueba con «vale, estoy en alerta». Nombrarlo sin pelear ya baja un poco el volumen.
  • Exhala más largo de lo que inhalas. Inspira con normalidad y suelta el aire despacio, hasta el final. Tres o cuatro veces. Una exhalación larga es una de las formas más sencillas de decirle a tu cuerpo que ahora mismo no hay peligro.
  • Pregúntale qué está sosteniendo. Coge papel y escribe, sin filtro, todo lo que llevas encima esta semana. Verlo fuera de la cabeza ayuda a entender por qué el cuerpo no descansa.
  • Pide ayuda. No tienes que seguir intentando resolverlo todo a solas. Contárselo a alguien de confianza o a una profesional no es rendirse: es dejar de cargar sola.

No hace falta hacerlo todo ni hacerlo perfecto. Elige una cosa. Pruébala hoy. Y observa qué pasa, sin exigirte nada más.

Una nota importante

Quiero ser honesta contigo. Lo que te cuento aquí es una forma de mirar la ansiedad que a mí me ha ayudado y que trabajo en mis sesiones. Pero no sustituye la atención médica ni psicológica. Si la ansiedad te impide dormir, trabajar o relacionarte, si aparecen síntomas físicos que te preocupan o si sientes que se te hace demasiado grande, acude a tu médica o médico de cabecera, a una psicóloga o a un psiquiatra. No es un último recurso. Es cuidarte bien.

Yo trabajo desde un enfoque complementario, siempre desde el respeto hacia la medicina y los profesionales sanitarios. Mi trabajo va en paralelo: acompañarte a liberar lo que llevas acumulado y a comprender qué hay debajo de esa alerta que no baja. A través de la Reprogramación Mental (PSYCH-K®) y la Activación Kundalini, miramos las creencias, las emociones y la energía que sostienen ese estado, para que la calma tenga sitio donde volver.

No tienes que resolverlo sola

Si llevas tiempo con ese nudo en el pecho, con una alerta que no se apaga, quizá tu cuerpo no te está pidiendo que aguantes más. Quizá te está pidiendo que lo escuches.

Si quieres contarme cómo estás y que te explique cómo puedo acompañarte, escríbeme. Hablamos sin compromiso. No hace falta que tengas claro qué necesitas; solo dar el primer paso.

Mientras tanto, pon una mano en el pecho y suelta el aire despacio. Tu cuerpo lleva tiempo hablándote. Hoy puedes empezar a escucharlo.