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Creencias y mente 22 Jan 2025 Laia Martí

¿Cómo te hablas cuando te equivocas?

¿Cómo te hablas cuando te equivocas?

Se te olvida algo importante. Envías un mensaje con un error. Dices una frase que no querías decir y, de camino a casa, la repites mil veces en la cabeza.

Y entonces aparece la voz. «Siempre igual». «Es que no vales para esto». «¿Cómo puedes ser tan torpe?».

Párate un segundo y fíjate en ese tono. No se lo dirías a nadie a quien quieres. Y, aun así, contigo sale solo.

Si te reconoces, quiero decirte algo antes de seguir: no estás exagerando ni eres demasiado dura por naturaleza. Esa forma de hablarte tiene una historia. Y lo que tiene historia se puede revisar.

Esa voz no eres tú: es una creencia hablando

Cuando te equivocas, tu mente hace dos cosas casi a la vez. Primero registra el hecho: «he cometido un error». Después lo interpreta: «soy un desastre».

El hecho es neutro. La interpretación, no. Y esa interpretación casi nunca la eliges en el momento: sale de una creencia que ya estaba ahí, esperando.

«No soy suficiente». «Equivocarme no es una opción». «Si fallo, decepciono». Son ideas que das por ciertas sin haberlas examinado nunca. El diálogo interno es, muchas veces, una creencia en acción: la forma en que esa idea de fondo se pone a hablar cada vez que algo sale mal.

Por eso te suena tan convincente. No porque sea verdad, sino porque lleva mucho tiempo contigo.

De dónde sale ese tono

Nadie nace hablándose mal. Se aprende.

El tono que oíste

De pequeña no te hablabas: te hablaban. Y de la forma en que se corregían tus errores en casa, en la escuela o en el patio fuiste sacando conclusiones sobre lo que significaba equivocarse. Si el error venía con un suspiro, una comparación o un silencio, aprendiste que fallar era peligroso. Y aprendiste a adelantarte: a reñirte tú antes de que lo hiciera nadie.

Fui docente durante 15 años, y en el aula se aprende mucho más que lo que pone en los libros. Se aprende a valer por un resultado y a temer el bolígrafo rojo.

El tono que te protegía

Aquí viene lo importante: esa voz dura no apareció para hacerte daño. Apareció para protegerte. Si te exigías mucho, quizá te equivocabas menos. Si te reñías tú primero, quizá dolía menos cuando lo hacían los demás. Fue una estrategia. Y en algún momento tuvo sentido.

El problema es que sigue activa hoy, cuando ya no la necesitas. Ese tono lo aprendiste. No es la verdad sobre ti.

Una prueba sencilla: ¿se lo dirías a alguien a quien quieres?

Imagina que tu mejor amiga te llama. Se ha equivocado en el trabajo, está avergonzada y te lo cuenta. ¿Qué le dices?

Seguramente algo parecido a: «Es normal, le pasa a todo el mundo. Un error no te define. Míralo con calma, seguro que tiene solución».

Ahora ponte tú en su lugar y escucha lo que te dices a ti. La diferencia suele ser enorme. Y esa diferencia es una pista: sabes hablar con amabilidad. Solo tienes una excepción, y eres tú.

No es una cuestión de merecer. Es una cuestión de costumbre. Y las costumbres se cambian con práctica, no con más exigencia.

Cómo empezar a cambiar el tono

No te voy a decir que de hoy para mañana vas a hablarte con dulzura. Sería mentirte. Pero sí hay pasos pequeños que puedes empezar a dar, sin esperar a sentirte preparada.

  • Ponle nombre a la voz. Cuando aparezca el «siempre igual», reconócelo: «ahí está otra vez la voz que me riñe». Nombrarla la separa de ti. Deja de ser tu verdad y pasa a ser un pensamiento que estás observando.
  • Respóndele con hechos. «Siempre» y «nunca» casi nunca son ciertos. ¿De verdad es siempre? ¿Cuántas veces ha salido bien? Un error concreto hoy no borra todo lo demás.
  • Separa lo que hiciste de lo que eres. «Me he equivocado en esto» es un hecho. «Soy un desastre» es una sentencia. Quédate con el hecho: es lo único con lo que puedes hacer algo.
  • Háblate como le hablarías a ella. Literalmente. Si te ayuda, di la frase en voz alta o escríbela. Al principio sonará raro. Es normal: estás usando un tono nuevo.
  • Escucha también al cuerpo. La voz dura suele venir con el pecho apretado y la respiración corta. Una respiración lenta no cambia la creencia, pero sí te da un poco de espacio para elegir cómo responder.

Y si algún día se te olvida todo esto y vuelves a reñirte, no te riñas también por eso. Volver a empezar forma parte del camino.

La verdadera libertad comienza cuando ya no necesitas abandonarte para sentirte querida, aceptada o suficiente.

Cuando la voz viene de más abajo

A veces, con práctica y paciencia, el tono se va suavizando. Otras veces notas que, por mucho que te razones, la voz sigue igual de dura. Sabes que no es verdad y, aun así, te lo crees.

Esto suele pasar cuando la creencia que la alimenta no está en la parte de tu mente que razona, sino más abajo, en la mente subconsciente. Ahí no llegan los argumentos, por buenos que sean. Una parte de ti quiere avanzar, mientras otra sigue intentando protegerte desde el miedo.

Para trabajar en ese nivel existen métodos específicos. En mis sesiones utilizo PSYCH-K®, un método que trabaja directamente con las creencias de base, de forma respetuosa y sin necesidad de revivir el pasado: eres tú quien elige qué creencia quieres transformar y por cuál quieres sustituirla. Yo lo conocí primero como persona, antes que como facilitadora: «Gracias a Psych-K conseguí entender qué era aquello que no me permitía ser feliz y debía cambiar».

Te lo cuento con honestidad y sin promesas: no es un interruptor ni funciona igual para todas. Trabajo desde un enfoque complementario, que no sustituye la atención médica ni psicológica cuando son necesarias. Lo que sí puedo ofrecerte es un espacio para mirar esa voz con menos juicio y más comprensión.

Un pequeño ejercicio para esta semana

La próxima vez que te equivoques, escribe en un papel la primera frase que te dices. Luego, debajo, escribe lo que le dirías a tu mejor amiga en la misma situación. No hace falta que te lo creas todavía. Basta con ver la diferencia.

Y si sientes que ha llegado el momento de cambiar ese tono desde la raíz, puedes leer cómo trabajo con PSYCH-K® o escribirme y hablamos sin compromiso. Porque aunque el camino es tuyo, no tienes por qué recorrerlo sola.