Volver al blog
Ansiedad y calma 12 Jun 2026 Laia Martí

¿Cuántas veces has intentado dejar de sentir lo que te duele?

¿Cuántas veces has intentado dejar de sentir lo que te duele?

¿Cuántas veces has intentado dejar de sentir lo que te duele?

Te distraes. Te ocupas. Sigues adelante. Sonríes.

Llenas la agenda, pones una serie que ni te interesa, ordenas la cocina a las once de la noche. Cualquier cosa antes que quedarte quieta con eso que aprieta por dentro.

Y funciona. Durante un rato, funciona. Por eso lo repetimos.

Antes de seguir quiero decirte una cosa: no lo estás haciendo mal. Nadie nos enseñó a sostener lo que duele. Aprendimos justo lo contrario: que llorar molesta, que enfadarse está feo, que hay que ser fuerte, que no es para tanto. Así que hicimos lo único que sabíamos hacer. Mirar hacia otro lado.

Las emociones que no escuchamos no desaparecen

Aquí está el problema. Las emociones que no escuchamos no desaparecen. Se quedan dentro de nosotros esperando ser vistas, comprendidas y expresadas.

Es como pulsar «recordármelo más tarde» en una notificación: no se borra, vuelve. Solo que las emociones no vuelven de forma educada. Vuelven a través del cuerpo, del cansancio, de cómo reaccionas a cosas pequeñas.

Guardar no es soltar. Aguantar no es haberlo superado. Y llevar años haciéndolo no significa que estés curtida; muchas veces solo significa que estás cargando mucho peso sin darte permiso para dejarlo en el suelo.

Cuando apagas lo que duele, se apaga todo

Esta es la parte que casi nadie te cuenta, y para mí es la más importante.

No existe un interruptor para cada emoción. No puedes apagar solo la tristeza, solo el miedo, solo la rabia, y dejar encendido el resto. El interruptor es uno. La realidad es que cuando nos desconectamos de las emociones incómodas también nos desconectamos de la alegría, la ilusión, la paz y el amor.

Por eso hay días en los que dices «no estoy mal… pero tampoco estoy bien». Todo en un mismo tono gris. Sin bajones grandes, pero también sin ganas, sin entusiasmo, sin esa chispa de cuando algo te emocionaba de verdad. Eso no es calma. Es anestesia.

Cómo se manifiesta lo que no expresamos

Una emoción reprimida acaba manifestándose de otras formas:

  • Ansiedad. Una alerta que no baja, aunque por fuera todo esté bajo control.
  • Bloqueo. Sabes lo que quieres hacer y aun así no lo haces. Te quedas parada.
  • Agotamiento. Un cansancio que no se va durmiendo, porque no es del cuerpo.
  • Irritabilidad. Saltas por algo mínimo y luego te sientes fatal contigo.
  • Sensación de vacío. Tienes una vida que funciona y aun así notas que falta algo.

Si te reconoces en varias, no estás rota ni exagerando. Es tu mundo emocional intentando que le hagas caso por la única puerta que le has dejado abierta.

Aprender a conectar con lo que sientes no te hace más vulnerable. Te hace más libre. Porque una emoción reconocida puede transformarse.

Acompañar no es arreglar

Cuando por fin nos permitimos sentir, aparece la prisa: «vale, ya lo he notado, ¿ahora cómo me lo quito?». Y volvemos a la lucha por otro camino.

Te lo digo suave, porque a mí también me costó entenderlo:

✨ No necesitas arreglar lo que sientes.
✨ No necesitas luchar contra tus emociones.
✨ Solo necesitas aprender a acompañarlas.

Arreglar es tratar lo que sientes como una avería. Acompañar es tratarlo como un mensaje. La diferencia parece pequeña y lo cambia todo, porque una emoción que se siente escuchada deja de tener que gritar.

Y no, acompañar no significa quedarte a vivir dentro del dolor ni repasarlo mil veces. Significa dejar que esté el tiempo que necesite, sin juzgarla y sin echarle un pulso.

Cuatro gestos sencillos para empezar a escucharte

No hace falta un ritual largo ni un momento perfecto. Empieza pequeño.

  • Ponle nombre. «Estoy triste». «Tengo miedo». «Estoy enfadada». Nombrar lo que sientes, aunque sea en voz baja y solo para ti, ya baja el volumen. Lo que no se nombra se queda dando vueltas sin forma.
  • Búscala en el cuerpo. Pregúntate dónde la notas: el pecho, la garganta, el estómago, la mandíbula. Pon la mano ahí y suelta el aire despacio, más largo que la inspiración. No para que se vaya, sino para hacerle sitio.
  • Pregúntale qué necesita. No «por qué me pasa esto», que suele acabar en reproche. Mejor: «¿qué necesito ahora mismo?». A veces la respuesta es descansar. A veces es decir que no. A veces es llorar diez minutos sin dar explicaciones.
  • Exprésala. Hablarla con alguien de confianza, escribirla sin filtro en un papel, moverla saliendo a caminar. Una emoción se completa cuando sale, no cuando se guarda mejor.

No los hagas todos. Elige uno. Pruébalo esta semana con la emoción que más te cueste sostener y observa qué pasa, sin exigirte nada más.

Cuando se hace demasiado grande

Quiero ser honesta contigo. Todo esto ayuda a abrir la puerta, pero hay procesos que no se sostienen a solas. Si lo que sientes te impide dormir, trabajar o relacionarte, si el malestar se ha instalado o si hay un dolor antiguo que se te hace demasiado grande, acude también a tu médica o médico de cabecera o a una psicóloga. Pedir ayuda no es rendirse; es cuidarte bien.

Yo trabajo desde un enfoque complementario, siempre desde el respeto hacia la medicina y los profesionales sanitarios cuando su intervención es necesaria. Mi trabajo va en paralelo: acompañarte a liberar lo que llevas acumulado y a comprender qué hay debajo. A través de la Reprogramación Mental, la Activación Kundalini y el Péndulo Universal miramos las creencias que te enseñaron a callar, las emociones que siguen pesando y la energía que se queda atrapada en sostenerlas. Puedes ver cómo trabajo en sesión si quieres saber más.

Volver a ti

Empezar a sentir de nuevo no es abrir una caja peligrosa. Es dejar de vivir a medias.

Y da un poco de vértigo, claro. Después de años sonriendo por fuera, mirar hacia dentro asusta. Pero al otro lado de esa incomodidad está todo lo demás: la ilusión, la paz, la alegría, las ganas. Lo mismo que apagaste sin querer cuando decidiste dejar de sentir lo que dolía.

Ahora quiero leerte: ¿cuál es la emoción que más te cuesta sentir o aceptar?

Y si sientes que llevas demasiado tiempo desconectada de ti, escríbeme con la palabra «VOLVER A MÍ» y te explicaré cómo puedo ayudarte a desbloquear tu mente, liberar tu energía y recuperar la paz que llevas tiempo buscando. Sin compromiso, y sin que tengas que llegar con nada claro.

No hace falta que sepas por dónde empezar. Solo que dejes de mirar hacia otro lado.