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Meditaciones y recursos 20 Aug 2025 Laia Martí

Meditar no es poner la mente en blanco

Meditar no es poner la mente en blanco

¿Has dejado de meditar porque «no se te da bien»?

Quizá lo intentaste con toda tu buena intención. Te sentaste, cerraste los ojos… y tu mente empezó a hablar más fuerte que nunca. La compra. Aquella conversación que se quedó a medias. Todo lo que tienes que resolver mañana.

Y al abrir los ojos llegó la conclusión: «esto no es para mí».

Si te ha pasado, quiero decirte algo antes de nada: no eres tú. Es la idea que nos han contado sobre lo que significa meditar.

El mito de la mente en blanco

Existe una imagen muy extendida de la meditación: alguien sentado en calma absoluta, sin un solo pensamiento, flotando en paz.

Esa imagen hace daño, porque convierte la meditación en un examen. Y en ese examen, cada pensamiento que aparece —y va a aparecer— se siente como un suspenso.

Meditar no es dejar de pensar. La mente piensa igual que el corazón late: es lo que sabe hacer. Pedirle que se quede en blanco a base de fuerza de voluntad es como pedirle al mar que deje de hacer olas.

De hecho, cuanto más te esfuerzas en no pensar, más ruido haces. Peleas con lo que aparece, y esa pelea también es pensamiento.

Entonces, ¿qué es meditar?

La práctica real es mucho más sencilla, y mucho más humana, de lo que parece.

Meditar es elegir un ancla —tu respiración, las sensaciones del cuerpo, un sonido— y volver a ella cada vez que la mente se marcha. Sin discutir con lo que aparece.

Te distraes. Te das cuenta. Vuelves. Eso es todo.

Ese instante en el que vuelves es el ejercicio

Aquí está la clave que lo cambia todo. El momento en el que notas que te habías ido y regresas a la respiración no es el fallo: es la práctica. Cada vuelta es una repetición, como en el gimnasio. Cuantas más veces te despistas y vuelves, más estás entrenando tu atención.

Los pensamientos forman parte de la meditación igual que las olas forman parte del mar. No vienen a estropearla. Solo pasan.

Si te interesa esa mente que no para, hace un tiempo te escribí sobre el ruido mental y de dónde suele venir.

Cuando llevas tu autoexigencia también a la meditación

Fíjate en algo curioso: muchas veces llevamos a la meditación exactamente la misma exigencia de la que necesitamos descansar.

«Lo estoy haciendo mal.» «A los demás seguro que les funciona.» «Llevo semanas y no avanzo.»

¿Te suena? Es el mismo «nunca es suficiente» de siempre, esta vez disfrazado de práctica espiritual.

Por eso me gusta recordarlo así: meditar no es un logro más que añadir a tu lista. Es justo lo contrario. Un rato en el que no tienes que conseguir nada ni demostrar nada a nadie. Un rato para estar contigo, tal y como estés hoy.

Habrá días en los que la calma llegue enseguida. Y días en los que la mente vaya a mil por hora. Los dos cuentan. Los dos son práctica.

Y quiero ser honesta contigo: meditar no es magia ni sustituye la atención médica o psicológica cuando hace falta. Trabajo siempre desde un enfoque complementario. Lo que sí puede ofrecerte, con constancia y paciencia, es un espacio donde el ruido baja un poco de volumen y tú vuelves a escucharte.

Cómo empezar con cinco minutos

No necesitas una hora, ni un cojín especial, ni experiencia previa. Necesitas cinco minutos y un poco de amabilidad contigo.

  • Elige un momento fácil de repetir. Al despertar, después de comer, antes de dormir. Mejor cinco minutos casi cada día que una hora una vez al mes.
  • Siéntate cómoda. En una silla está perfecto. Espalda recta sin rigidez, manos apoyadas, ojos cerrados o mirada baja.
  • Lleva la atención a tu respiración. No la cambies, solo obsérvala: cómo entra el aire, cómo sale, la pequeña pausa de en medio.
  • Cuando la mente se vaya, vuelve. Se irá. Y volverás. Sin regañarte, como quien acompaña de vuelta con cariño a un cachorro que se despista.
  • Al terminar, agradécete el rato. Aunque te parezca que «no ha salido bien». Te has regalado cinco minutos de presencia, y eso ya es cuidarte.

Si prefieres empezar por algo aún más corto, en el blog te dejé tres prácticas de respiración de dos minutos.

Lo que no hace falta para meditar

  • Que la mente se quede callada.
  • Un sitio silencioso y perfecto.
  • Sentarte en el suelo con las piernas cruzadas.
  • Hacerlo todos los días sin fallar ni uno.

Si algún día no puedes, no lo conviertas en un motivo más para juzgarte. Retomas mañana y ya está.

Dos meditaciones guiadas para acompañarte

Cuando estás empezando, que una voz te acompañe lo hace todo más fácil: te libera de estar pendiente del «¿lo estaré haciendo bien?». En mi canal de YouTube tienes dos meditaciones guiadas, gratuitas, que grabé pensando justo en eso:

Así presento la de seis minutos en el propio vídeo:

«A través de esta práctica conectarás con tu respiración, limpiarás tu campo energético y activarás tu claridad mental para tomar decisiones desde la calma y la verdad interior.»

Ponte auriculares si puedes, busca un rincón donde nadie te interrumpa y déjate acompañar. No hay forma de hacerlo mal.

Empieza hoy, así de pequeño

Cinco minutos. Una silla. Tu respiración. Y el permiso para que tu mente piense, porque es lo que sabe hacer.

No busques una experiencia espectacular. Fíjate en lo pequeño: que un día te dormiste un poco antes, que pudiste parar a mitad de una tarde acelerada, que te diste cuenta de que estabas en otro sitio y volviste. Eso, aunque parezca poco, es mucho. Es volver a ti un poquito cada día.

Y si al parar descubres que debajo hay un cansancio o un ruido que no se calma con cinco minutos, quizá sea el momento de mirarlo acompañada. Puedes escribirme sin compromiso y hablamos de lo que necesitas ahora mismo. En el blog seguiré compartiendo recursos sencillos como este.